Hoy me extralimito con mis sentidos y reclamo con todo el
sentimiento que brota desde mi garganta desgarrada, ser la dueña imperecedera
de tus besos eternos. De tus abrazos etereos y de tu sonrisa profusa, obscena y
volátil.
De ser la portadora de un ramillete de sueños, de un ademán
de desgracias y de un ribete de caricias. De arrebatos, de apretados entrecejos
que guarden para mi la mas certera de las miradas.
Que un espasmo que brote desde adentro de mi sangre
solamente se anime a llamarte por tu aroma, por el verde de tu alma, por el
encanto interminable de tu voz. Por la necedad irremediable con que me obstine
en recorrer cada parte de tu alma.
La bandera que has plantado en el corazón de otra.
Los ojos con que has mirado el espiritu de otra.
Los besos con que has regado el alma de otra.
De otra. Nunca mios. Las palabras con que sellaste una vida,
los astutos interrogantes con que apareció la vida de nuevo en mi vida me
llevan a presuponer, en el mas común de los sentidos, que quizás sea el destino
quien no encuentre para mi destino.
Paradojas interminables de la historia. Un tiempo que me
persigue en ruedas de acero, como un cazador, como un vehiculo de la desdicha
se me acercac y susurra lento, interminable, largo y dulzon, un verso que es
capaz de hipnotizar al mas agudo de los alquimistas.
Imposible no mirar con incertidumbre, hasta con miedo cual
será el giro de la fortuna de la vida de cada uno, cuando durante la vida
entera de alguien solo vivio llorando. Y pensando. Imaginando, creando entre
telarañas, entre nubes, entre humo, entre silencios, entre recónditos pasajes
de felicidad esporádica, momentánea, entre pedazos de carton pintados de
corazones, entre muñecas sin manos, entre marionetas de ojos atados.
Diplomas, boletos, radios, teléfonos, peinados, zapatos,
parientes, visitas, salidas.
Todo eso se vuelve informe si no lo integro con tu cara. Si
no lo hilvano en un vértice de tu boca, en un lunar de tu espalda o en una
peca de tu pupila.
Aprender a vivir en la incertidumbre de lo novedoso es
quizás hoy, mi mayor agonía.
domingo, 11 de diciembre de 2011
martes, 27 de mayo de 2008
Me despojo de mi nombre
Fátima se quita los zapatos...
y se acurruca,
cual gatita siamesa, en el hueco de mi mano.
Deja el bolso
y las bolsas de compras en el sofá...
y entra
en la primera arteria que encuentra.
Fátima se despoja de sus nombres
y declara con impresionante coraje
que será mi mujer.
Se quita los pendientes
y las pulseras.
Deja los anillos,
las horquillas del pelo,
sus recuerdos y sus monótonos días en el suelo
y se introduce, como una planta de cacao, bajo mi ropa.
Fátima coloca un gran retrato suyo en el cuarto de estar,
elige el color de mis cortinas
y el color de mis cuadernos,
me impone sus gustos en la comida y en el amor
y ronronea de placer
cual gatita siamesa.
Fátima entra
envuelta en el torbellino de su pelo negro,
deja sus revistas femeninas en mi mesa,
el camisón en mi armario
y las peinetas en el cajón;
coloca su cepillo de dientes
junto al mío,
y comprendo que ha decidido ocuparme.
Fátima está cansada de la forma de sus pechos
e intenta diseñarlos de nuevo,
está cansada de su ombligo inmóvil
y le ordena que se transforme en pájaro.
No hay nada tan admirable como Fátima
cuando sale del domicilio conyugal
y relincha, como un potro,
bajo el sol de la libertad.
Fátima encabeza una revolución histórica contra su cuerpo:
el poder se rinde.
Encarcela a sus ministros,
a sus consejeros,
a Qays ben Al Mulawwah [1],
a Yamil-Buzayna [2],
a todos los poetas udríes,
a los que escriben sobre el arte del amor
sin haber tocado ni un dedo de mujer...
a los que hablan de sus conquistas amorosas
sin haber logrado ni un lance,
ni un beso,
ni un infarto
y a los que escriben sobre el infierno del sexo
sin haber cohabitado ni con una mosca.
Fátima anuncia ante las multitudes que han acudido a entronizarla,
en un momento de sinceridad, poco común a los árabes,
que ella es mi amada.
Fátima rechaza todos los textos de dudosa veracidad
y comienza por la primera línea,
rompe todos los manuscritos que los hombres compusieron
y comienza por el alfabeto de su feminidad,
tira todos sus libros escolares
y lee en el libro de mi boca,
emigra de las ciudades de polvo
y me sigue, descalza, a las ciudades de agua,
salta del tren de la yahiliyya [3]
y habla conmigo el lenguaje del mar,
rompe su reloj de arena
y me lleva con ella fuera del tiempo...
Fátima cree
-y ella siempre tiene razón-
que el movimiento de la historia comienza en sus ojos,
que el primer hombre
construyó su cueva entre sus pechos,
que el lenguaje, si no fuera por ella, no se plasmaría,
la música no tendría sonido
ni los colores tonos,
y que la poesía -si retirase la mano de ella-
cerraría la puerta
y se suicidaría..
Me fascina la decisión de Fátima
cuando, de piedra circular, se transforma
en fuente de casa andaluza,
de poema rimado
en paloma que se posa en mi hombro
y de esclava en el país de Harún Dieciséis
en reina en el palacio de la poesía...
Me fascina la insensatez de Fátima
cuando traspasa las señales rojas
que los historiadores pusieron en torno a sus palabras
y en torno a sus sueños
y los sacrifica en sus jaimas,
uno a uno..
Me fascina la exageración de Fátima
cuando despide a todos sus guardianes
y me nombra guardián de sus pechos
por un sueldo de diez mil besos
por noche...
Amo a Fátima
cuando se bebe el café matutino
y me bebe,
y la quiero más
cuando me asegura
que dominará el mundo
y me dominará.
He sorprendido a Fátima
pescando un pez rojo
en las riberas de mi sangre.
Fátima me encarcela en sus pestañas
y no sé cuándo termina la noche
y comienza el día.
De la mano de Fátima
he aprendido a ser buen escritor
y buen combatiente,
y he aprendido a amarla.
De la mano de Fátima
he aprendido que la liberalidad es una mujer
y que el hombre -aunque sea culto-
es un espía...
Quien no conozca a Fátima
no sabrá que ella es la mayor obra de Dios,
ni sabrá qué es poesía.
Fátima destruye
todos los tarros de la medicina árabe
y todos los presidios del amor árabe,
me saca de la seguridad del texto árabe
y me abre la puerta del valor.
Fátima
es la mujer más importante del mundo
y yo el hombre más importante que la ha amado
y ha llevado las armas con ella.
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